Microrrelatos: 5. Siete días (y un octavo de regalo) en el paraíso

Ahora, mirando hacia atrás, recuerdo a esa chica.

Ella me dio siete días en el paraíso y uno más de regalo, a modo de bonus track.

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Supongo que habría que comenzar por el final, por la despedida de madrugada en una habitación de hotel donde la desperté por última vez. Ella tenía algo parecido a esa horrible palabra llamada “remordimientos” y necesitaba irse. En realidad “solo” eran las 3 de la mañana de un viernes. No podríamos repetir la última noche de pasión que habíamos tenido recientemente, donde no hubo horarios hasta bien entrado el amanecer.

Los sietes días del paraíso se mezclaban en recuerdos en aquel café de jazz, donde hubo miradas y caricias, bares de Latina y besos de pasión entre mojitos cubanos, un balneario donde parecíamos peces, velada en un italiano, revolcones y abrazos entre el césped del Retiro de Madrid, un reencuentro muchos años después en el cine, una cena de cumpleaños de lo más original, una casa enorme donde sobraban habitaciones en la que había música de fondo y George Michael parecía escucharse a ratos…

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Incluso vi pequeñas lágrimas en sus ojos claros y enormes. Tan grandes que parecían aún más bellos que nunca y destacaban sobre todo su cuerpo, ese que pude abrazar hasta apretar al máximo.

Seguro que los dos pensamos a la vez lo mismo desde distintos lugares: “¿Dónde está el cargador del móvil cuando uno lo necesita?”

La pasión se quedó allí, en algún lugar, pero ella era un gorrión que vuela libre, una pequeña sardinita que se escabullía entre los dedos. Era entrañable, sonriente y mágica. Era tan especial que temblores me recorrían el cuerpo cuando la tenía al lado. Y eso daba hasta miedo. Me acuerdo muy bien de todo ello mientras veo alguna de las pocas fotos que conservo de ella (y solo una juntos).

Si volvemos a reencontrarnos, aún tenemos un viaje pendiente a algún lugar. “It’s a deal, baby. It’s a deal”. Y ¿por qué no? Habrá que traer bombones.

Alberto Quintanilla

Microrrelatos: 3. El espantapájaros que solo quería llorar

Siempre se lo decía a sí mismo “tengo que aprender a escuchar más”. Era una especie de frase de autoayuda que le animaba para tratar de comprender mejor a los otros. Salió de la granja, deshabitada muchos años atrás, y echó un vistazo alrededor. Solo vio desolación y a aquel espantapájaros que seguía allí como un pelele sin vida y con múltiples desgarros en sus viejas ropas de granjero.

¿Cuántos años habían pasado? El número era lo de menos. Parecían haber sido una eternidad.

Recordó que siempre le había gustado viajar pero apenas conocía un pequeño puñado de lugares en el mundo. Se había dedicado a cultivar en aquella granja durante más de dos tercios de su vida. Luego lo dejó y trató de acomodarse en la ciudad pero tampoco hizo gran cosa, aparte de subsistir día a día en trabajos mediocres. Día a día. Mes a mes. Año a año. Vio la imagen de su espantapájaros con el sombrero ladeado y roído y volvió a pensar en sus carencias. Notaba que le faltaba algo y había muchos sueños que no había podido cumplir. ¿Falta de tiempo? ¿Le habría absorbido la rutina? Quizá había estado demasiado ocupado en tareas absurdas que él pensaba que le servirían algún día para algo. Bueno, para algo habían servido. A fin de cuentas esas ocupaciones le permitían pagar las facturas. Pero ahora no tenía tan claro que eso le hubiera compensado haber desperdiciado su vida.


Volvió a mirar a lo lejos, hacia más allá del horizonte de los campos que una vez sembraron trigo. Se quedo con los ojos fijos en el espantapájaros. Entonces se acercó un poco más hasta él. Descubrió que aquel muñeco de paja, ya sucio y desgastado, había ocupado todo su tiempo en alejar de sus tierras pájaros sombríos.

“Quizá este espantajo, si pudiera hablar, me diría la verdad”- pensó el granjero. “Quizá él haya sido más feliz que yo, porque ha aspirado el aire de la mañana, sentido el olor de los campos de trigo y el orgullo de haber espantado a aves agoreras cada día. Yo le obligué a hacer estas funciones. Siempre las mismas. Y las acató”.

Pero los pensamientos del granjero eran un autoengaño. Miró hacia el cielo y sus ojos se llenaron de lágrimas. Ahora lo entendía. Aquel espantapájaros, que le había acompañado durante media vida, de haber podido solo querría llorar. El granjero nunca antes se había dado cuenta de ello porque le había ignorado demasiado… y ya era tarde para tratar de hacerle caso. Cayó de rodillas cubriéndose de barro, delante del muñeco, y se prometió a sí mismo que a partir de aquel día su vida estaría completamente enfocada a intentar aprovecharla de verdad… Cogería sus pocos enseres y descubriría el mundo que siempre había soñado, aunque sabía que ya era tarde y sería imposible ver todo lo que anhelaba…

Alberto Quintanilla

Microrrelatos: 2. Lluvias que recuerdan a lágrimas

Llovía a través de la ventana. Miraba desolado caer las gotas y recordaba que esas gotas eran igual que las lágrimas que vio hace tiempo caer de sus propios ojos. No le importaba llorar delante de ella. No es que se sintiera orgulloso pero le suponía menos vergüenza que cuando lo hacía en otras circunstancias y con otras personas.

Recordaba cómo sus lágrimas caían de emoción al fusionarse junto a ella en abrazos y cuerpos pegados. El tacto de su piel y sus pupilas observándole le provocaban pura felicidad. Luego, también llegaban momentos bajos con algunas palabras que atravesaban como lanzas su corazón, que latía por ella como si de pisadas de manadas de bisontes se tratase. No quería ni podía oír hablar de retirada ni en broma; ni siquiera como amenaza.

Por suerte, el pudor, el miedo, las dudas… todo se iba con ella a su lado.

 

Seguía lloviendo fuera y es cuando pensó en lo feliz que le había hecho pasear entre la lluvia -parecida a la que ahora caía frente a él, pero ahora sin mojarse- junto al parque de su antiguo colegio y suspirar por no perderla nunca de vista, aunque la fuerza de las gotas aumentara y tocara huir por el asfalto de los charcos hacia un centro de comida rápida que les refugiara.

Algunos días después saltarían de la mano por un paseo marítimo vacío no muy lejos de aquel lugar. Cantaban y saltaban como los personajes incompletos del Mago de Oz. Así eran en el fondo: incompletos pero felices, mágicos y eternos. Había plata azul en sus ojos por el reflejo del sol y hojas rojas caídas por el otoño en el parque… Esos ojos que besaba porque imaginaba que nadie se los había besado antes. Y al parecer acertó…

Aquello fue hace mucho, mucho tiempo. O quizá no tanto. Era todo muy nítido en su cerebro. No sabía exactamente cómo acabó todo. Dicen que todo lo bello tiene que terminar para que siempre sea hermoso. “Las alegrías del pasado se valoran más cuando se está viviendo entre derrotas en el presente”, – pensó para consolarse… Miró alrededor a las paredes que rodeaban su casa vacía y grisácea. Entonces le vino a la mente una imagen de Rodolfo Valentino y se sirvió otra copa.

NOTA: Relato de ficción inspirado, más o menos, en algún hecho real.

Alberto Quintanilla

Microrrelatos: 1. El marinero nunca quiso ser capitán pero sí James Dean

Al contrario que en la canción de ‘La Bamba’, él nunca quiso ser capitán. Siempre soñó con ser marinero. Lo de tener rumbo fijo o no ya era otra historia. El destino quiso que se conocieran y él descubriera junto a ella una embarcación mágica varada en la arena, cuando la marea estaba muy baja. Si ella supiera lo que suponía para él que su burbuja formara parte de los dos hubiera respondido a aquel mensaje. Aunque fuera de madrugada, y él quisiera desconectar de todo, ansiaba saber otra vez de ella…

Igual eran solo imaginaciones absurdas pero pensó friamente que la calidez de todo el color violeta fusionado que habían forjado entre ambos se tornaba en un tono más frío. Quizá el destino era sabio; estaba previsto emprender un nuevo rumbo que los uniera de nuevo muy pronto y allí se sabría perfectamente qué burbuja se pinchaba y cómo. Pero a pesar de eso él estaba triste. Pensaba reflexionar hasta el día del viaje y no dar señales de vida a nada ni a nadie, como mecanismo de defensa.

Por un momento le hubiera gustado ser James Dean y que multitudes le admiraran, siendo su corazón de hierro, cual coraza. Así no sufriría tanto. Serían los demás los que sufrieran. No él.

Pensaba todo el rato que no tenía motivos para estar agobiado. Nunca había planificado nada de aquello. Algo hizo que se encontraran conectados entre incertidumbres, un viaje alocado, algún paseo y miradas hacia el mar. Todo eso al final creó un manto de promesas, aunque ella estuvo rara en su último contacto telefónico. A la defensiva, quizá. De hecho, el teléfono dejó de recibir respuesta cuando él pensaba que lo haría con alguna palabra de sentimientos profundos. No fue así.

Estaba triste y no paraba de soñar con los ojos vivarachos y las pupilas brillantes de ella, que no se creía que tenía pupilas tan brillantes ni ojos tan vivarachos aunque él no paraba de decírselo. Sobre todo, él tenía miedo de que ella ya no le quisiera como él la quería a ella. Tenía tanto miedo a eso como a conducir… incluso cualquier coche inferior a un Porsche Spyder 550. Ahí sí que no quería ser James Dean.

Igualmente viajaría. Todo estaba atado y además daba igual porque él la seguía añorando/queriendo… pero el miedo seguía estando latente. El futuro era raro y al cogerla de las manos sabría qué rumbo tomaría todo porque sus manos nunca mentían. Ni la temperatura de su nariz. La sonrisa de James Dean le miraba desde el cielo y le decía que no se preocupara. Que todo siempre acababa saliendo bien porque él, sin saberlo, tenía una estrella protectora… y nadie iba a poder con él nunca.

NOTA: Relato de ficción inspirado, más o menos, en algún hecho real.

Alberto Quintanilla