Microrrelatos: 1. El marinero nunca quiso ser capitán pero sí James Dean

Al contrario que en la canción de ‘La Bamba’, él nunca quiso ser capitán. Siempre soñó con ser marinero. Lo de tener rumbo fijo o no ya era otra historia. El destino quiso que se conocieran y él descubriera junto a ella una embarcación mágica varada en la arena, cuando la marea estaba muy baja. Si ella supiera lo que suponía para él que su burbuja formara parte de los dos hubiera respondido a aquel mensaje. Aunque fuera de madrugada, y él quisiera desconectar de todo, ansiaba saber otra vez de ella…

Igual eran solo imaginaciones absurdas pero pensó friamente que la calidez de todo el color violeta fusionado que habían forjado entre ambos se tornaba en un tono más frío. Quizá el destino era sabio; estaba previsto emprender un nuevo rumbo que los uniera de nuevo muy pronto y allí se sabría perfectamente qué burbuja se pinchaba y cómo. Pero a pesar de eso él estaba triste. Pensaba reflexionar hasta el día del viaje y no dar señales de vida a nada ni a nadie, como mecanismo de defensa.

Por un momento le hubiera gustado ser James Dean y que multitudes le admiraran, siendo su corazón de hierro, cual coraza. Así no sufriría tanto. Serían los demás los que sufrieran. No él.

Pensaba todo el rato que no tenía motivos para estar agobiado. Nunca había planificado nada de aquello. Algo hizo que se encontraran conectados entre incertidumbres, un viaje alocado, algún paseo y miradas hacia el mar. Todo eso al final creó un manto de promesas, aunque ella estuvo rara en su último contacto telefónico. A la defensiva, quizá. De hecho, el teléfono dejó de recibir respuesta cuando él pensaba que lo haría con alguna palabra de sentimientos profundos. No fue así.

Estaba triste y no paraba de soñar con los ojos vivarachos y las pupilas brillantes de ella, que no se creía que tenía pupilas tan brillantes ni ojos tan vivarachos aunque él no paraba de decírselo. Sobre todo, él tenía miedo de que ella ya no le quisiera como él la quería a ella. Tenía tanto miedo a eso como a conducir… incluso cualquier coche inferior a un Porsche Spyder 550. Ahí sí que no quería ser James Dean.

Igualmente viajaría. Todo estaba atado y además daba igual porque él la seguía añorando/queriendo… pero el miedo seguía estando latente. El futuro era raro y al cogerla de las manos sabría qué rumbo tomaría todo porque sus manos nunca mentían. Ni la temperatura de su nariz. La sonrisa de James Dean le miraba desde el cielo y le decía que no se preocupara. Que todo siempre acababa saliendo bien porque él, sin saberlo, tenía una estrella protectora… y nadie iba a poder con él nunca.

NOTA: Relato de ficción inspirado, más o menos, en algún hecho real.

Alberto Quintanilla