Microrrelatos: 3. El espantapájaros que solo quería llorar

Siempre se lo decía a sí mismo “tengo que aprender a escuchar más”. Era una especie de frase de autoayuda que le animaba para tratar de comprender mejor a los otros. Salió de la granja, deshabitada muchos años atrás, y echó un vistazo alrededor. Solo vio desolación y a aquel espantapájaros que seguía allí como un pelele sin vida y con múltiples desgarros en sus viejas ropas de granjero.

¿Cuántos años habían pasado? El número era lo de menos. Parecían haber sido una eternidad.

Recordó que siempre le había gustado viajar pero apenas conocía un pequeño puñado de lugares en el mundo. Se había dedicado a cultivar en aquella granja durante más de dos tercios de su vida. Luego lo dejó y trató de acomodarse en la ciudad pero tampoco hizo gran cosa, aparte de subsistir día a día en trabajos mediocres. Día a día. Mes a mes. Año a año. Vio la imagen de su espantapájaros con el sombrero ladeado y roído y volvió a pensar en sus carencias. Notaba que le faltaba algo y había muchos sueños que no había podido cumplir. ¿Falta de tiempo? ¿Le habría absorbido la rutina? Quizá había estado demasiado ocupado en tareas absurdas que él pensaba que le servirían algún día para algo. Bueno, para algo habían servido. A fin de cuentas esas ocupaciones le permitían pagar las facturas. Pero ahora no tenía tan claro que eso le hubiera compensado haber desperdiciado su vida.


Volvió a mirar a lo lejos, hacia más allá del horizonte de los campos que una vez sembraron trigo. Se quedo con los ojos fijos en el espantapájaros. Entonces se acercó un poco más hasta él. Descubrió que aquel muñeco de paja, ya sucio y desgastado, había ocupado todo su tiempo en alejar de sus tierras pájaros sombríos.

“Quizá este espantajo, si pudiera hablar, me diría la verdad”- pensó el granjero. “Quizá él haya sido más feliz que yo, porque ha aspirado el aire de la mañana, sentido el olor de los campos de trigo y el orgullo de haber espantado a aves agoreras cada día. Yo le obligué a hacer estas funciones. Siempre las mismas. Y las acató”.

Pero los pensamientos del granjero eran un autoengaño. Miró hacia el cielo y sus ojos se llenaron de lágrimas. Ahora lo entendía. Aquel espantapájaros, que le había acompañado durante media vida, de haber podido solo querría llorar. El granjero nunca antes se había dado cuenta de ello porque le había ignorado demasiado… y ya era tarde para tratar de hacerle caso. Cayó de rodillas cubriéndose de barro, delante del muñeco, y se prometió a sí mismo que a partir de aquel día su vida estaría completamente enfocada a intentar aprovecharla de verdad… Cogería sus pocos enseres y descubriría el mundo que siempre había soñado, aunque sabía que ya era tarde y sería imposible ver todo lo que anhelaba…

Alberto Quintanilla

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